Casa de Franconia (Enrique IV)

Thursday, March 24, 2011

La Casa de Franconia fue una familia ducal del ducado de Franconia que reinó en Alemania en dos ocasiones, en una de ellas también en el trono del Sacro Imperio Romano Germánico. Sus primeros representantes fueron Conrado I y Conrado II. El primero sólo ocupó el trono como rey de la Germania (Alemania) desde 911 al 918, mientras el segundo reinó como rey de Germania y Emperador del Sacro Imperio entre los años 1027 y 1039. El hijo y sucesor de Conrado II fue Enrique III, quien gobernó entre 1039 y 1056. Sin embargo, los representantes más destacados de esta dinastía fueron Enrique IV y Enrique V.

Conrado I de la Casa de Franconia fue el primer rey de la Germania elegido por los electores de los cincos grandes ducados que componían la Germania (Sajonia, Suabia, Franconia, Baviera y Lorena). Este sistema de elección de los reyes alemanes fue impuesto a la muerte de Luis el Niño, quien había sido el último descendiente de Carlomagno. A Conrado I le sucedió Otón I de la Casa de Sajonia, quien fue el primer Emperador del Sacro Imperio, coronado en 962 por el Papa Juan XII. Sin embargo la Casa de Franconia retornó al trono cuando los electores de los diferentes ducados coronaron a Conrado II, quien ciñó la corona de rey de Germania y la de Emperador. Durante el reinado de Conrado II, el Sacro Imperio llegó a su máximo apogeo. Sus límites abarcaron los grandes ducados que incluían Alemania, Borgoña, y la parte norte de Italia. Además Polonia, Hungría y Bohemia quedaron sometidos.

Enrique IV y la humillación de Canosa

Enrique IV sucedió a su padre Enrique III en el año 1056. Subió al trono siendo niño y durante su minoría de edad, el gobierno estuvo en manos de un regente. En esa época había sido elegido Papa Gregorio VII (1073-1085), el que asumió el mando de la Iglesia dispuesto a desterrar los vicios y a emanciparla de los poderes laicos. Sus reformas comenzaron antes que Enrique IV alcanzara la mayoría de edad. Sin embargo, cuando éste tomó el mando, desconoció las medidas tomadas por el Pontífice y siguió atribuyendose el derecho de elegir los obispos y otorgar las dignidades.

Este choque entre el Papado y el Imperio se conoce como la Querella de las Investiduras. La actitud del Emperador, que continuó con las designaciones, provocó las protestas del Pontífice. Entonces, en 1076, Enrique IV convocó en Asamblea a los obispos alemanes que le eran adictos y declaró indigno a Gregorio VII, diciendo "ya no es Papa sino falso monje". Esto tuvo graves concecuencias, pues el Papa le contestó excomulgándolo, al mismo tiempo que lo deponía en su dignidad imperial y liberaba a los señores germanos de todo juramento y compromiso con el Emperador.

La medida del Pontífice tuvo los frutos esperados, ya que Enrique IV perdió la obediencia de sus vasallos y éstos le dieron un año de plazo para que se reonciliara con el Papa y obtuviera la absolución. La situación del Emperador se volvió dramática. No sólo debía afrontar la desobediencia de los señores Alemanes, sino también la sublevación de los sajones. Por su parte el Papa había fortalecido su poder temporal al firmar un pacto de alianza con el rey normando de las Dos Sicilias.

Obligado por las circunstancias, Enrique IV se declaró arrepentido y dispuesto a cumplir cualquier penitencia. Al mismo tiempo se invitó al Papa para que concurriera a la dieta de Ausburgo, donde se solucionaría la controversia. Pero el Emperador quiso asegurarse el perdón y adelantándose a la entrevista, cruzó los Alpes en pleno invierno, en enero de 1077, y se presentó ante las puertas del castillo de Canosa donde se hospedaba Gregorio VII.

Vestido como un peregrino y con los pies descalzos, Enrique IV solicitó la absolución pero el Pontífice pareció desoir sus ruegos. Así tuvo tres días, al términos de los cuales, Gregorio VII, aconsejado por sus allegados, consintió en perdonarle y le retiró la excomunión.

Sin embargo, el astuto Emperador sólo quiso ganar tiempo. Cuando regresó a Germania reunió a sus adictos y prosiguió con los abusos. Entonces, sus vasallos decidieron destituirlo y entregaron el mando a Rodolfo de Suabia. Enrique IV, que contaba con más fuerzas, logró vencer a su rival y exigió al Pontífice su reconocimiento, al mismo tiempo que renovaba sus pretenciones de otorgar las investiduras eclesiásticas. Ante esa conducta, el Papa volvió a excomulgarlo en 1080 y reconoció a Rodolfo de Suabia. Entonces Enrique reunió a los obispos que le eran fieles y en el falso sínodo de Brizen depuso a Gregorio VII y eligió al anti-papa Clemente III. Luego marchó contra Roma y la ocupó en 1084. Gregorio VII se refugió en el Castillo de Sant'Angelo y luego pasó a Salerno donde murió al año siguiente. Enrique IV fue depuesto por su hijo Enrique V en 1105, falleciendo en el año 1106.