Caribe, nido de bucaneros

Thursday, October 20, 2011

Para el siglo XVII el mar Caribe se había convertido en un nido de bucaneros, intrépidos piratas que asolaban las costas de sus islas y atracaban embarcaciones españolas para robarles el oro o lo que tuvieran. Para entonces, la isla de Santo Domingo (Hispaniola), ubicada en el Caribe, contaba entre sus habitantes con colonos, hombres rudos e insolentes, procedentes muchos de ellos de los peores barrios de ciudades europeas, franceses en su mayoría. Tras la conquista de México y el Perú, la mayor parte de los españoles residentes en la isla habían salido de ella, en busca de mejores horizontes en el continente americano, abandonando gran parte del ganado vacuno y piaras de cerdos, que vivían en plena libertad. Los recién llegados a esta isla del Caribe se dedicaban a la caza de éste ganado, que ahumaban y salaban. En lengua indígena los ahumaderos eran llamados bucan, palabra que ha dado origen a la expresión bucanero, nombre con que designó a los corsarios y filibusteros que en los siglos XVII y XVIII saqueaban los dominios españoles de ultramar.

En 1646, un bucanero, llamado Jeremías Deschamps, se convirtió, gracias al sable de abordaje, en gobernador de la isla de la Tortuga, que españoles, franceses e ingleses se habían disputado hasta entonces. El nuevo gobernado supo utilizar a los filibusteros, llegando incluso a participar en sus expediciones, y en los beneficios que éstas reportaban. Filibusteros y bucaneros vivían libremente, sujetos sólo por las reglas que les imponía su existencia, justificandose el nombre que se daban, los Hermanos de la Costa, en su solidaridad. La isla fue adquirida más tarde por la "Compagnie des Indes", mientras Deschamps estaba encerrado en la Bastilla por alguna fechoría cometida.

A mediados del siglo XVII, los Hermanos de la Costa constituían una fraternidad organizada y temible, cuyo dominio se extendía desde la costa occidental de la isla Hispaniola hasta las de Jamaica y Tortuga, operando por todo el mar Caribe. La perspectiva de acabar sus días en la horca no atemorizaba a aquellos hombres, cuya vida no era sino una serie de furiosos combates y audaces golpes de mano. Consideraban la muerte como riesgo del oficio a que se entregaban. Sin embargo habían establecido una relación de indemnizaciones por las heridas y mutilaciones sufridas, que se pagaban del botín común al término de la expedición.

Los bucaneros gastaban su parte del botín rápidamente, y, cuando se hallaban sin dinero, formaban reducidas bandas que partían en una pequeña embarcación, navegaban ante las costas de las posesiones españolas y procuraban hacerse con alguna nave ligera, con la que poder acercarse a los barcos mayores, más pesados y de más difícil maniobras. Cuando se habían reunidos varias se formaba una expedición, en la que los jefes de bandas estaban sometido a la autoridad de un jefe supremo. Las primeras empresas de estos hombres tenían poca importancia. A éstas siguieron otras de mayor envergadura, como la captura de un galeón español, por un puñado de hombres mal armados y desarrapados.