Misiones jesuíticas en América

Wednesday, October 19, 2011

Las misiones jesuíticas en América se formaron con pueblos indígenas gobernados por religiosos de la Compañía de Jesús. Se instalaron en reducciones en territorios marginales y de difícil acceso (Canadá, California, Ecuador, Brasi y Río de la Plata). En la primera década del siglo XVII, los jesuitas fundaron la provincia jesuítica del Paraguay que incluyó, entre otras, las misiones de San Ignacio Guazú, Itapúa, San Nicolás y Yapeyú. En la actual provincia de Tucumán fundaron la misión de San José de Lules. Las misiones jesuíticas del Paraguay se diseminaron por la llamada región de Guayrá, donde predominaban los indígenas guaraníes.

Todas las misiones poseían una similar estructura administrativa: un cabildo integrado por los mismos indios, un padre rector que actuaba como administrador, y un jesuita maestro encargado de la enseñanza religiosa. Junto con el cabildo, los jesuitas tuvieron en cuenta la dignidad y cargo de los caciques, que eran de gran arraigo entre los indígenas, pues éstos provenían de las mismas comunidades tribales. No obstante es necesario destacar que el gobierno de la reducción estaba a cargo de los religiosos, quienes ejercían sobre los naturales una actitud paternalista que incluía casi todas las decisiones fundamentales.

La división de la tierra comprendía una parcela individual que podía ser cultivada por los jefes de familia, y una extensión común para su explotación comunitaria. Las misiones jesuíticas disfrutaban de una amplia autonomía económica y administrativa; los colonos españoles no podían ingresar a territorio misionero. Tampoco se repartían los indios de la misión a los encomenderos, ni se los obligaba a prestar ningún servicio especial a los españoles. Pero no obstante, las misiones jesuíticas estaban sometidas a los gobernadores provinciales, quienes confirmaban los nombramientos de los cabildos de aquellas.

El sistema económico de las reducciones jesuíticas se aproximaba a un colectivismo agrario, en el cual, sin embargo, subsistía la propiedad privada. La extensión común o comunitaria de tierra debía ser trabajada por cada indio tres veces por semana y el producto de la cosecha integraba un granero común y servía para el pago de los tributos reales, el mantenimiento de la Iglesia y el cuidado de viudas, huérfanos e imposibilitados. Los excedentes eran comercializados por los jesuitas. El usufructo de las viviendas era vitalicio, pero no podía transmitirse por herencia, en tanto que el modesto mobiliario y las herramientas eran de propiedad personal. El ideal de la reducción tendía, en lo posible, a bastarse a sí misma, de ahí que los padres jesuitas se ocupaban de la instalación de talleres públicos con el objeto de promover las artesanías indispensables.