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Monday, January 25, 2021

tanque CV90120-t "Fantasma"

El CV90120-t es un vehículo blindado sueco de tecnología furtiva fabricado desde mediados de 2020. Originalmente diseñado por las empresas Hägglunds y Bofors, este tanque liviano fue desarrollado a partir del chasis del CV90, un vehículo de combate de infantería (VCI) en servicio en el ejército de Suecia desde 1993.

Para tranformar al VCI CV90 en un tanque liviano con capacidad de enfrentar y destruir tanques pesados enemigos, la empresa BAE Systems reemplazó la pequeña torreta con su cañón Bofors L/70 de 40 mm por una más grande equipada con una cañón de 120 mm de ánima lisa. De esta manera surgió el CV90120-t, el cual es llamado el "Fantasma" por estar dotado de lo último en tecnología de camuflaje: ADAPTIVE, el cual es una cobertura que lo hace invisible a los sensores térmicos (thermo-imaging system) de helicópteros y tanques enemigos.

Datos técnicos

Peso: 38 toneladas

Largo: 6,5 m

Ancho: 3 m

Altura: 2,5 m

Motor: Scania DC16, V8, diesel de 850 CV

Velocidad máxima: 75 km/h

Armamento: cañón de calibre 120 mm (anti-tanque) + ametralladora 12,7 mm montada en torreta.

Blindaje: de doble plancha de acero endurecido, reforzado con blindaje modular adicional, el cual lo hace resistente en la parte frontal a munición perforante de obús de calibre 30 mm, y en los laterales munición perforante de 14,5 mm.

Dotación: 3

Abajo, fotos del tanque liviano sueco con camuflajes visuales para diferentes tipos de terrenos.


 

Tanque livano sueco "Ghost" (Fantasma) (video)


Friday, January 22, 2021

Frente ruso en 1943 (resumen)

En 1943 cambió el curso de la guerra en el frente oriental y la situación se tornó favorable a los rusos en la Segunda Guerra Mundial. En efecto, aquel año empezó mal para la Wehrmacht, con una gran derrota, ya que hacia mediados de enero el 6o Ejército Alemán se encontraba diezmado, hambriento y completamente rodeado por las fuerzas soviéticas en la ciudad de Stalingrado. Debido a ello, el 2 de febrero de 1943 su comandante, Friedrich von Paulus, se rindió en forma incondicional al comandante del ejército rojo Vasily Chuikov.

Esta victoria en el río Volga alentó a los rusos a realizar una serie de ofensivas, sin embargo los alemanes pudieron reagruparse y contraatacar y recuperar terreno en la Tercera Batalla de Karkov. Sin embargo, la victoria alemana en esta ciudad de Ucrania sería efímera, pues a mediado de año, los alemanes sufrirían otra gran derrota.

En julio de 1943, Adolf Hitler ordenó una contraofensiva de sus unidades blindadas contra las posiciones soviéticas en la saliente de Kursk por medio de la Operación Citadel. Como los rusos esperaban este contraataque teutón, se prepararon y pertrecharon bien, agrupando sus mejores divisiones blindadas y de artillería. A pesar del éxito inicial, los soviéticos pudieron resistir la embestida alemana y contraatcaron. Como consecuencia, Hitler ordenó suspender esta campaña militar y la retirada.

El frente se mantendría equilibrado hasta noviembre de 1943, cuando los rusos lanzaron la Operación Rechitsa. Esta ofensiva fue realizada por el 1er Frente Bieloruso, comandado por el general Konstantin Rokossosky. Esto posibilitó recuperar la ciudad de Gomel, en Bielorusia. El resto del frente oriental se mantendría con relativa calma y los altos mandos soviéticos comenzaron a planificar las futuras ofensivas para el año siguiente, como la Operación Bagración de mediados de 1944.

Video con imágenes históricas de acciones militares en el frente ruso en 1943


Lea también: Porqué perdió Adolfo Hitler la Segunda Guerra Mundial?

Tuesday, January 19, 2021

Artillería en la batalla de Berlin (video)

La batalla de Berlín (abril-mayo de 1945) fue el último enfrentamiento bélico a gran escala de la Segunda Guerra Mundial en el teatro europeo. Para el asalto final a la capital del Tercer Reich, el 1er Frente Bieloruso y el 1er Frente Ucraniano del ejército soviético debían ablandar los objetivos a tomar con un bombardeo intenso. Para ello contaban, aparte de la aviación rusa, con piezas de artillería de todo tipo y calibre.

Obuses y cañones empleados

Ejército Ruso- Para el escenario urbano de una guerra, los obuses jugaron un papel importante, pero también los cañones antitanques y antibúnkeres fueron fundamentales para la conquista de Berlín. Entre los obuses utilizados por las fuerzas rusas debemos mencionar al obús de 152 mm M1943 y M1937, como así también el obús de 203 mm M1931, el cual estaba montado en un tren de rodamiento de orugas. En cuanto a los cañones de campo, el más utilizado fue el M1936 de 76,2 mm. Las piezas de artillería autopropulsadas más empleadas por los soviéticos fueron el SU-122, con un chasis del tanque T-34 y un cañón de calibre 122 mm, y el SU-76, el cual estaba equipado con un cañón de 76 mm.

Ejército Alemán- Por su parte las fuerzas defensoras, ya los vestigios de la otrora Wehrmacht, disponían de tres cañones antitanques letales para luchar contra las unidades blindadas equipadas con los célebres T-34 y IS-2: el 8,8-cm Pak-43, el 7,5-cm Pak-40 (de 88 y 75mm respectivamente), como así también el 8,8-cm Flak-41 (cañón antiaéreo utilizado como arma antitanque). En cuanto a la artillería de campo, las piezas más usadas fueron el 15-cm Kanone 39 y el 17-cm Kanone 18, de 150 y 170 mm respectivamente.

Abajo, obús ruso de 203 mm M1931, como pieza de museo


 
Fuego intenso de artiller
ía sobre Berlín, que convirtió a los edificios y viviendas en escombros (video histórico)

Imágenes históricas de la encarnizada lucha en Berlin entre el ejército rojo y lo que quedaba de la Wehrmacht (video)


Saturday, January 16, 2021

Himnos nacionales alemanes (video)

En la historia de Alemania, la nación teutona ha tenido tres himnos nacionales, a diferencia de los demás paises, que solo han tenido uno. El primero de ellos se llama en alemán, Heil dir in Siegerkranz ("Salud a ti en la Corona del Victorioso"); el segundo, Deutschlandlied ("Canción de Alemania"); y el tercero Deutschland uber Alles ("Alemania por encima de todo")

Heil dir in Siegerkranz fue el himno oficial del Imperio Alemán (Segundo Reich), cantado en todos los actos oficiales de gobierno y militares de 1871 a 1918. Esta canción patria habia sido compuesta alrededor de 1750 y la letra en 1795. Tenía una melodía que apelaba al respeto por la corona imperial y a la unidad del pueblo.

Deutschlandlied era una canción patriótica compuesta en 1797 y adoptada en 1922 como himno nacional por la República de Weimar, y estuvo en vigencia hasta 1933, año de la desaparición de este sistema politico teutón.

Deutschland  über Alles fue el himno nacional adoptado por Adolf Hitler en 1933 y estuvo en vigencia hasta 1945. Su música había sido compuesta en por Joseph Haydn hacia fines del siglo XVIII. Sin embargo, luego de la derrota del Tercer Reich y el surgimiento de la República Federal de Alemania, bajo la conducción de Konrad Adenauer, este himno se mantuvo, pero con el nombre de Lied der Deutschen, ("Canción de los alemanes") pero se le quitó la primera estrofa.

 A continuación los tres himnos nacionales que tuvo Alemania.


Batalla del Nilo (47 a.C.)

La batalla del Nilo de la Edad Antigua fue librada a orillas del río Nilo, Egipto, entre las legiones romanas, bajo el mando de Julio César, y el ejército egipcio, comandado por el faraón Tolomeo XIII a principios del año 47 a.C. Resultado: contundente victoria de los romanos.

Resumen

A pesar de haber sido su rival en la guerra civil que puso fin al Primer Triunvirato, Julio César decidió vengar la muerte de Pompeyo, quien había sido asesinado por Tolomeo XIII. Comandando cuatro legiones (unos 19.000 hombres), Julio César se dirigió hacia Alejandría, en el delta del Nilo, donde fue sitiado por las fuerzas de faraón egipcio. Sin embargo, el comandante de las tropas romanas pudo ser rescatado del asedio por su aliado Mitrídates I de Pérgamo.

Luego de reagrupar a sus legiones,  Julio César pudo enfrentar al grueso del ejército egipcio usando la tradicional formación y tácticas militares de los romanos, usando los pilums, gladius y escudos. Luego de feroz lucha, los romanos derrotaron a los egipcios y luego destruyeron el fuerte y el campamento de Tolomeo XIII.

Con este triunfo militar y la muerte de Pompeyo, Julio César se dirigió al sur de España para culminar con la campaña militar contra el resto de las fuerzas de Pompeyo. Luego volvio triunfante a Roma para proclamarse dictador perpetuo.

Thursday, January 14, 2021

La violenta década de 1970 y una historia personal

Una noche de verano                    Por Carlos Benito Camacho (Carl B. Spinner)

Era una de esas tórridas noches de verano de Tucumán. Había llegado del obraje cansado luego de un largo día de faena en la construcción. Si bien estaba acostumbrado a hacer trabajo pesado en mi oficio de albañil, levantando bolsas de cemento o haciendo el pastón de hormigón con pala ancha, el calor extremo nos agotaba a todos por igual. Mientras pedaleaba en mi bicicleta de regreso a casa, pensaba en las cuatro botellas de cerveza extremadamente fría que yacían en el riñón de mi vieja heladera. Sin embargo, mientras abría el candado y sacaba la cadena que aseguraba la puerta de mi rancho de madera machimbrada, reflexioné y cambié de opinión.

“No, mejor no. Hay que aguantar; recién es martes y la semana es larga, las voy a dejar para el fin de semana. Tal vez la Yésica se se prenda y la invite al rancho y hacemos una flor de fiesta”, me dije.

La Yésica era una vecina que se hacía la difícil conmigo y prefería salir con el Walter, un vago que vendía droga y andaba en una moto de mucha cilindrada. Ella vivía a cuatro casillas hacia la izquierda de la mía, pero no le rogaba demasiado, puesto que no era ella tan importante para mí. La mujer que me quitaba el sueño y el gran amor de mi vida no estaba hacia la izquierda, donde se hallaba la diversión etílica, la música estridente a alto volumen de los fines de semanas, las peleas vecinales y la escuálida pobreza, la cual se extendía en un entramado de ranchos separados por callejuelas de tierra por donde corría agua servida.

En cambio, hacia la derecha de mi rancho, había un lugar de residencia privada de buena construcción separada de la villa por un muro bien alto. Todo era tranquilo ahí, siendo el lugar de descanso de las familias adineradas, pero ni los chorros más chorros se atrevían a entrar.

Cuando finalmente entré a mi casilla, prendí la luz, abrí las dos ventanas para que se ventile un poco y me fui derecho para la heladera, abrí la puerta y las miré, como contemplándolas. Ellas estaban allí, las cervezas, transpirando de frío heladeril, en estado de letargo, esperando a que las destaparan y abusaran de ellas. Esa fría indiferencia era la forma de tentar que ellas tenían. Cerré la mano, apretándola fuerte en un puño.

  “No. Mejor no. Estas vichas son letales. Una vez que empezás no terminás y mañana hay que trabajar”, me dije, recordando un dicho de mi abuelo, que el alcohol era el camino hacia la miseria humana. Sin embargo, a pesar de su fría tentación en una noche de verano, la cerveza tampoco era el gran amor de mi vida y podía controlarme.

Como amagando a tocarlas, finalmente saque la botella de agua fría, la mortadela y el queso que había quedado de ayer y me hice un sándwich con un pedazo de cacho de pan francés medio duro. Mientras comía observé los libros de historia y novelas que había sobre los precarios estantes de madera. Era mi pequeña biblioteca privada, herencia de mi abuelo, el inmigrante español, quien me aconsejaba a leer. Recuerdo que me decía que ser instruido es importante, que la educación era la escalera por la cual podías salir del sórdido pozo de la pobreza. Sin embargo, hacía mucho calor esa noche y no me daban ganas de leer. Me sentía un poco abrumado y algo angustiado, con un vacío existencial, mientras la nostalgia de un pasado lejano comenzaba a invadirme.

  Adentro del rancho ya no se podía estar. Transpiraba. Me quité la camisa; seguía sudando. Como no tenía ventilador, ya que había preferido comprarme la heladera usada el año anterior, saqué el viejo catre santiagueño al pequeño patio lateral que se encontraba entre la casilla y el gran muro del barrio de residencia privada. Lo abrí y me tiré sobre él.

No era muy tarde aún pero me acosté, más que a descansar a pensar, como una necesidad del momento para rever mi pasado, que parecía brotar de repente, mientras contemplaba el firmamento. La iluminación urbana de la ciudad impedía ver bien las estrellas. Recordaba que en el campo se las podía ver con claridad a toda la Vía Láctea. En la villa, a orillas de la ciudad, sólo se podía divisar la luna llena que comenzaba a elevarse desde el horizonte, la “Cruz del Sur”, un poco más abajo del zenit, y una estrella grande y brillante como el lucero y que metitilaba picaronamente, como para decirme algo, como un “no estés triste, todo está bien, más yo te observo”.

El ruido y el griterío de las diarias peleas conyugales del Pepe con la Juana y las detonaciones de armas de fuego en la distanciade algunos narcos fueron disminuyendo de apoco, hasta cesar totalmente, dando lugar al silencio de la noche, cuando los pensamientos angustiosos se escapan del rincón de los recuerdos y se hacían agudos e imposible de controlarlos y pululaban en mi mente en esa noche de verano, como en la del año anterior en esa misma fecha.

En el silencio y la tranquilidad no solamente se agudizaban mis remembranzas de días pasados, sino también mi sentimiento desoledad y, con él, mis deseos, mis deseos carnales por una mujer. Esa noche, no fue la Yésica sinomis recuerdos de otra mujer que exacerbaron mi lujuria y quitaron mi sueño. Mis recuerdos lejanos…mis recuerdos por Helena, la mujer de un romance de verano, hacía tiempo. Hermosa y esbelta ella, de largas piernas, piel suave y pezones rosados y carnosos. Helena, mujer bella de ojos color miel y cabellos negros. Helena, mujer delicada y culta pero sensual; mujer de alta sociedad ella. La conocí trabajando, respondiendo a un aviso en La Gaceta de la edición dominical: “Necesito albañil para reparación y mantenimiento de antigua mansión de campo”.

“Para este trabajo usted tendría que viajar al campo, a unos 80 km de aquí. Debido a que no hay líneas de ómnibus para llegar allí, usted tendría que quedarse en la casa algunos días, tal vez semanas, ya que es muy grande y el trabajo a realizar es mucho y detallado. Usted está dispuesto a hacerlo? Nosotros nos encargamos de su traslado y de los materiales”, recuerdo que me había dicho el Dr. Alvarado, el propietario y quien había sacado el anuncio.

  “No hay problema patrón. Cuando empezamos”, le había dicho.

  “Muy bien entonces. Mañana mismo salimos. Por la comida no se aflija; Helena, mi mujer, se va a llegar por ahí en su auto de vez en cuando y le va a llevar la comida. Yo viajo a Buenos Aires muy seguido a hacer muchos trámites comerciales de nuestra empresa. No tengo tiempo. Estoy a ful siempre”, me había dicho el Dr. Alvarado.

  Recuerdo que estaba contento por el trabajo que me había salido. Al día siguiente de la entrevista había cargado en el taxiflet pagado por el propietario la azada pastonera, la pala ancha, mis tres baldes de albañil, la plomada, cuchara y cucharín. Yo había viajado en la camioneta y el DrAlvarado había ido adelante con su auto mostrando el camino.

La mansión era un casco de una vieja estancia ganadera en Trancas, que se llegaba desde la ruta 9 que va a Salta por un camino de tierra de unos 4 km. Luego de indicarme el trabajo de reparación y construcción que había que realizar, me había mostrado la habitación donde iba yo a pernoctar durante mi estadía en la campaña; un cuarto de antiguos criados, cerca de la cocina.

  “Ahí voy a engordar”, había pensado yo, un flaco fibroso con panza plana y marcada de tanto trabajo y poca comida. Pero la cocina estaba vacía. La mansión había sido comprada hace poco en estado de abandono. No me quedaba otra que esperar a la mujer del Dr. Alvarado que me traiga la comida, porque la mortadela que había llevado conmigo me la había comido en el camino.

  Al segundo día las tripas ya me silbaban del hambre que tenía. Si bien era soltero y joven, con la sangre llena de testosterona, pensaba en la esposa del patrón no ya como mujer sino como proveedora de la comida que no llegaba. Recién a las tres de la tarde finalmente había llegado, conducida por el chofer de la familia, sorprendiéndome con el torso desnudo, que era mi forma habitual de trabajar, ya que uno sudaba mucho y la gruesa camisa de grafa me molestaba.

Me la había imaginado una gordita de poca estatura de cuello duro, nariz parada y altanera, pero para sorpresa, Helena era una mujer alta, de un cuerpo bien proporcionado, educada pero simple y amable en la forma de dirigirse a mí.

  “Buenas tardes. ¡¿Usted es el albañil?!” Me había preguntado ella con un tono exclamativo, como sorprendiéndose, observándome detenidamente, con su mirada en mis ojos y luego bajándola para detenerse en mi torso fibroso y transpirado.

  “Si patrona”, le había contestado.

  “No me diga patrona. Eso ya es antiguo. Me llamo Helena”, me había dicho con una dulce sonrisa.“Aquí le traigo la comida en estas dos cajas. Hay carne, pan, tres latas de corned-beef, y un paquete de fideo y algunas verduras para que se haga una sopa. En la cocina va encontrar ollas y platos”.

  “Muchas gracias Helena. Yo me llamo Roberto”, le había dicho.

“Bueno Roberto, mucho gusto en conocerlo. Me tengo que ir. Dentro de cuatro días vuelvo”, me había dicho, mirándome a los ojos por un instante, saludándome con un beso en la mejilla luego de haber recorrido la casa y observado mi trabajo.

  Su trato cordial y simple, su mirada sensual y el beso en la carame habían hecho sentir un alegre cosquilleo abajo entre mis piernas. Cuando se había ido, comí una lata de corned-beef y continué trabajando pero con más entusiasmo aún, ya pensando en el viernes, el día que ella iba a regresar. Esta mujer me había alegrado el corazón y enfiestado mis testículos.

  Desde que dejaba de trabajar a la tarde, hasta que me iba a dormir en las noches, no hacía otra cosa que pensar en Helena, la hermosa esposa del Dr. Alvarado. Me la imaginaba de mil maneras en todos los lugares de la mansión y me iba a dormir con una erección.

  Había llegado el día viernes. Pasaban las horas y no venía. Hasta que por fin llegó, como a las 6 de la tarde, sola, sin el chofer. Tenía puesto un pantalón short y una solera azul. Al bajar del auto, quedé impresionado por sus hermosas piernas.

  “Hola Roberto ¿Cómo estás?” Me saludó.

  “Bien, señora Helena ¿y usted?”

  “No me llames señora. Decime Helena. El chofer no pudo venir porque tiene que llevar a mis hijas a la escuela de danza y luego tiene que ir a buscarlas cuando salgan. Yo me vine en este auto”, me dijo.

  “Vino tarde, pero felizmente llegó. Quiero decir, llegó con el almuerzo y cena porque ya tenía hambre”, le dije con una sonrisa, y ella me respondió con otra.

  “Vine tarde porque la ruta 9 está llena de controles por los militares y policía federal. Hubo un enfrentamiento sangriento entre una compañía del ERP y una unidad del Ejército Argentino en el monte de la zona del Cadillal. Está muy mala la situación. Me preocupa mucho porque hay muchos secuestros y asesinatos de empresarios”, me explicó ella un poco angustiada. Me había explicado que el ERP era una guerrilla marxista-maoísta y que querían apoderarse de la provincia y finalmente del país.

“Uuhy, que mal! Espero que se componga la situación, por el bien del país”, le dije yo, sin entender mucho en ese entonces de política y de esas ideologías foráneas.

  “Un capitán me aconsejó que no vuelva de noche, que transite de día que es más seguro. Así que me voy a tener que quedarme a dormir aquí y salir mañana, si vos Roberto no tenés inconveniente”, me dijo contenta y con una sonrisa, sin la angustia de unos segundos antes.

  “Claro que no Helena! No tengo ningún problema”, le dije, sintiendo como mi corazón se aceleraba lleno de expectativas. “Esta casa está llena de habitaciones”, agregué.

  “Bueno, yo voy a ordenar la cocina y luego a preparar la cena, mientras vos terminás de hacer lo tuyo”, me dijo.

  Como a las siete de la tarde lavé las herramientas de trabajo y me fui a darme una ducha en el baño que se encontraba al costado del viejo dormitorio de los criados y no lejos de la cocina. Era un pequeño cuartito con cañería vieja y sanitarios antiguos, y cuya pesada puerta de madera no se cerraba bien porque la bisagra de arriba estaba floja y hacía que ésta rozara en el piso, quedando entreabierta. Cuando entré al baño, se escuchaba de fondo el ruido de ollas y otros enceres culinarios. Helena estaba por cocinar.

  La ducha era grande como flor de regadera. El agua fresca caía con mucha presión, como torrente de lluvia de verano, sobre mi cuerpo flaco. Uno por uno mis músculos comenzaron a relajarse bajo la ducha. Mientras me enjabonaba, la imagen de Helena me venía a la mente. Ella estaba cerca, en la cocina, y yo desnudo allí. Pensaba en sus piernas bien formadas y su cola firme. Me la imaginaba parada en frente de mí; yo desnudo, mojado y enjabonado y ella observándome, estirando sus bellas y delicadas manos para tocarme.

Como una grúa que eleva su larga pluma, mi miembro comenzaba a despertarse de excitación. Se elevó erguido y largo, brilloso por el agua y el jabón. Miraba hacia el techo mientras el agua caía sobre mí, pensando en ella, que estaba muy cerca de ahí. Me imaginaba todo desnudo frente a ella, que me miraba y que me acariciaba; cuando más fantaseaba que me tocaba más duro se me lo ponía.

Al estirar la mano para agarrar el champú que se encontraba en la jabonera del lavabo, vi de reojo la cara de una mujer que me espiaba a través de la puerta entre abierta. Cuando giré la cabeza para ver bien, ya no había nadie.

  “Helena! Quien más pudo haber sido”, me dije; la única persona en la casa en ese entonces aparte de mí. No lo podía creer! Ella me deseaba tanto como yo a ella. El hecho de haber sido visto desnudo por sus propios ojos estimulaba aún más mis deseos por ella.

  Me enjuagué rápidamente, me fui a mi dormitorio, me vestí y me fui a la cocina, con apetito de comida, pero con mucho más hambre de sexo con Helena.

  “Qué estás cocinando?” le pregunté al entrar, simulando no haberla visto observándome.

  “Un estofado de carne con lentejas y verduras. Te va a hacer falta mucha proteína…por el trabajo pesado, digo”, sugirió Helena, mirándome a los ojos fijamente.

  “Mmmm qué rico!” Muchas gracias Helena. Hacía mucho tiempo que no comía comida caliente y servida”, le dije, acercándome a la olla, pero también a ella, para oler el aroma de su guiso.

  La temperatura entre mis piernas iba en rápido aumento. Sentía que nuevamente se me lo estiraba e hinchaba aceleradamente debajo de mi pantalón, hasta sentirlo apretado contra la tela del jeans. Helena miró hacia abajo y observó mi bulto. Luego se arrimó tan cerca de mí hasta que nuestras narices estaban casi en contacto la una con la otra.

  “La comida caliente y jugosa es toda tuya para cuando quieras comenzar a comerla”, me dijo.

  Inmediatamente le puse una mano en la cintura y la otra en su nuca y la traje hacia mí, manteniéndola apretadamente contra mi cuerpo. La besé como nunca antes había besado a una mujer, con desesperación, con hambre, con apetito; apetito de mujer, apetito lujurioso, apetito de amor, apetito de ternura. Nuestras lenguas se tocaban, jugaban, se acariciaban. Luego coloqué mis manos en su bello rostro y continué besándola apasionadamente, mientras mi duro bulto se apretujaba contra su entrepierna.

  Mi boca bajó hacia su cuello, besándola ahí con besos mojados, con succión. Le quité la solera y le desabroché su corpiño y sin dilación comencé a amasar sus hermosos senos mientras le chuponeaba sus bellos y sensuales pezones rosados. Luego mi mano se deslizó a lo largo de su abdomen para perderse debajo de su short, acariciando su mojada selva negra, friccionando el pequeño botón carnoso en la cima del monte de venus.

Cuando Helena comenzaba a suspirar de placer, le bajé su short y su bombacha de un solo envión y se les quité. La levanté en mis brazos y la puse en la larga mesa de madera. Mientras ella yacía allí, esperándome desesperadamente, me desvestí; primero la remera, luego el pantalón jeans. Cuando me quité el apretado bóxer, mi falo salto tieso y colorado de inflamación erótica expuesto enfrente de ella.

  La mesa estaba servida. Tomé una silla, me senté y empecé a untar mi boca y mi lengua en el sabroso estofado caliente que tenía entre sus piernas que ella me preparó con su calentura de mujer hermosa. Helena se estremecía de placer, suspiraba. Tenía la piel de gallina. Sentía el calor de la parte interna de sus suaves muslos en mi mejilla mientras lamía su guiso ardiente.Después me paré y le coloque a fondo mi dura e hinchada vara roja y venosa que se contraía y palpitaba al ritmo de mi pulso. La cabeza, colorada y gruesa, le entró despacito, comprimidamente. Calentita y mojada, mi tiesa verga se hundía dentro de mi amor, que estaba tendida deseosa con las piernas abiertas en la gran mesa.

Helena gemía, se quejaba, se retorcía. Sus largas piernas se envolvían alrededor de mi cintura, mientras yo le metía y le bombeaba como un pistón de motor de Ferrari de alto octanaje, porque puro y sincero eran mis deseos por ella. A fondo y con fuerza se hundía en ella mi pistón aceitoso y contra su clítoris se estrellaba mi flaco abdomen. Parado en la punta de la mesa, movía y movía mi escuálida cintura, revolviendo la salsa de su sabroso guiso con mi gruesa vara enardecida de pasión.

  Mis grandes huevos, como pesadas plomadas de albañil pendían colgantes, bamboleándose como péndulos al ritmo de mi meneo, marcando el tiempo y el momento preciso de llenarla a ella con todo lo mío. Me moví incesantemente mirándola a los ojos hasta que nuestros gemidos se unieron y nos estremecimos para fundirnos en un solo ser.

  Esa noche, después de cenar nos bañamos juntos bajo la misma ducha donde ella me había espiado dos horas antes, para volver a amarnos lujuriosamente. Luego fuimos a un dormitorio de huéspedes de arriba, donde pasamos toda la noche, haciendo el amor en el silencio de aquella estancia de Trancas. Al otro día a la mañana Helena partió de regreso a San Miguel de Tucumán, pero volvió dentro de dos días, con el pretexto de traerme comida y de controlar la obra.

Cada vez que ella venía, disfrutábamos cada instante que pasábamos juntos. Así nos fuimos enamorando y perdiendo la razón de tanta pasión. Nos necesitábamos el uno al otro. El Dr. Alvarado era un hombre muy ocupado en su empresa y en el juego y no le quedaba tiempo para ella. Helena había encontrado en mí el amante que ella necesitaba para quererla y contenerla, y yo en ella, el amor, el cariño y el afecto que nadie en el mundo me había dado; yo, un huérfano criado por sus abuelos en la pobreza más extrema, la necesitaba totalmente.

Como pretexto para que yo me quedara trabajando ahí mucho más tiempo, me dijo que quería hacer una ampliación de la casa, dos piezas más y una galería anexa, y cuando se terminara el trabajo quería que yo me quedase como encargado de la nueva finca. Su marido estaba de acuerdo, porque le parecía que yo era una persona honesta y trabajadora. Yo estaba muy feliz con la idea. Pero un día, luego de seis meses de trabajo allí, ella no volvió nunca más.

Una tarde vino el chofer de la familia trayendo al hermano del Dr. Alvarado, con una camioneta taxiflet por detrás. Ellos me informaron que Helena y su esposo habían sido asesinados en un atentado terrorista. Habían sido fusilados con ametralladora por el ERP cuando ellos salían de su domicilio para dirigirse hacia las oficinas de su empresa. Me dijeron que tenía que volver a la ciudad, que mi trabajo allí había concluido, que la situación en el país era muy crítica y que la finca sería custodiada por una unidad del Ejército Argentino. No lo podía creer. Fue el día más triste de mi vida. Por muchas noches la lloré.

Aquellos fueron los más hermosos y, a su vez, los más tristes recuerdos de mi vida que nostálgicamente se me vinieron a la mente mientras yo estaba acostado en el viejo catre, mirando las estrellas, en el pequeño patio delimitado entre mi humilde casilla y el gran muro del barrio de residencia y descanso eterno de los seres queridos y amados de las familias adineradas. Del otro lado de ese muro estaba el cementerio y en esa dirección se encontraba la sepultura de mi amada Helena. El cementerio al que ni los chorros más chorros se atrevían a entrar a sacar el bronce de sus tumbas porque en las noches de verano se la veía deambular el alma de mi amada Helena, como buscando desesperadamente a Roberto Gómez, su albañil y amante, quien le construyó también su mausoleo, donde yacía allí en descanso eterno junto a su difunto esposo.

(Si disfrutó y le gusto la historia, invítame una merienda, haciendo click en "Donate" de paypal, pues estoy sin trabajo y vivo de ésto. Muchas gracias y abrazo desde Tucuman-Argentina)

Wednesday, January 13, 2021

M26 Pershing vs T-34 (footage)

The only resemblance between the M26 Pershing and the T-34 is that they were both fielded against a common enemy in the same armed conflict; World War II. They were also used in the Korean War but this time employed by opposing forces. The American tank was introduced at the beginning of 1945 and it did not see much action; however the Soviet T-34 entered service by mid 1941 and was used in combat in December 1941, during the battle of Moscow. From a technical point of view, the difference lay in weight, armament, type of engine, and armor.

Power plant and weight (comparison)

With a weight of 42 metric tonnes, the Pershing can be classified as a heavy tank, while the Russian one was a medium tank, weighing 26 tonnes. The American armored vehicle was powered by an 8-cylinder, gasoline engine, delivering 500 HP, while the T-34 was driven by a 12-cylinder "V" diesel engine, which also yielded 500 HP, but since the Soviet tank was lighter, it ran faster than the M26, at 55 km/h, while the Pershing maximum speed was 40 km/h. The Russian tank also had a much longer operational range.

Armament

This is where the Pershing has a big advantage over the T-34. The US Army tank was fitted with a powerful 90mm-caliber gun, which could knock a Panzer VI, Tiger, out of action from a distance of 900 meters, and the Soviet tank from 2,000 meters. On the other hand, the T-34 was armed with a 76 mm gun, which implied that it had to get much closer to a Pershing (800 m) to put it out of action.

Armor

The M26 Pershing was protected by a 102-mm frontal armor (on the hull). The T-34 was shielded by only a 47-mm-thick armor, which could easily be pierced by the American 90-mm gun ammunition and the German 8.8-cm KwK L56 gun from a distance of 2,000 meters. However, the T-34 was a reliable tank because of its engine and track wheels suspension and track assembly mechanic.

Below, a photo of an M26 Pershing

A North Korean T-34 tank knocked out by a US Marine M26 Pershing

Pershing tank in action in Korea (footage)


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